Siempre supe que mi corazón era demasiado delicado para elegir a cualquiera, pero nunca dudé porqué te eligió a ti, siempre supe de principio a fin todas y cada una de las razones.
La primera y más bonita era la forma en la que volaba contigo, esa manera en la que me hacías desplegar las alas para tomar vuelo, ese aleteo súbito, ligero y a la vez de color marfil.
La segunda razón y no menos importante estaba en ti, ese corazón tuyo que desgraciadamente nunca se antepuso a tu cerebro, pero que siempre estuvo detrás del corazón de los demás; si entraba en juego los sentimientos de otra persona los tuyos quedaban rezagados, se escondían como las nubes entre los picos de las montañas.
La tercera era tu rostro, ese rostro de justicia, de impotencia ante el dolor ajeno... el rostro de cansancio ante lo de siempre: ante el dinero, ante la fama, ante las guerras, ante el hambre, ante las enfermedades, ante toda la mierda que generaba la sociedad día a día.
La cuarta siempre fue tu olor, ese aroma personalizado por tu genética, única y exclusivamente para un ser único como siempre fuiste y perfectamente adecuado a tu personalidad: dulce, guerrera pero con miedo, mucho miedo que siempre te hizo huir...
La quinta...
La sexta....
La décima...
La vigésima...
Podría seguir y seguir el resto de mis días.
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