viernes, 28 de noviembre de 2014

La belleza se hace en las pupilas...

Un día escuché una frase que me encantó, y que decía que la belleza es diferente en cada pupila, cada ojo humano ve bellas unas cosas diferentes y únicas a las que podría ver cualquier otro.

Gracias a mi filosofía y a la filosofía que recogí de mis padres, la belleza que aprecian mis retinas es posiblemente más diferente que la recoge cualquier otro ser humano.

Cuando salgo, y voy por la calle, sobre todo con algunos compases de buena música que entran por mis oídos pero que llegan hasta mi corazón, no puedo evitar enamorarme, enamorarme esporádica y brevemente de cualquier alma que vaga por la ciudad de la humanidad. 

Y es que me enamoro de esos niños, que corren alegres, sin problemas... Cuánto admiro tener la mente en blanco y disfrutar de las cosas más insignificantes que nos ofrece la propia naturaleza. 

Y es que me enamoro de esas personas mayores que aún sabiendo que su tiempo aquí ya está en la cuenta atrás, siguen disfrutando de la vida, bailando, cantando, paseando... sin miedos y corriendo de la mano de todos los problemas que inundan sus vidas, hacia la meta de la felicidad. 

Y es que me enamoro de aquellos jóvenes que se atreven a desafiar lo establecido, los que dicen no o sí según sea necesario para poder ser felices... Los que se quejan, los que escriben, los que cantan, los que bailan, los que salen, los que no... Da igual mientras busquen ser felices y las maneras y los métodos les sean indiferentes. 

Y es que me enamoro de los que respetan todo, de los que nada les parece ni bien ni mal, simplemente se dedican a vivir y a dejar hacerlo a cada uno con su método. Me enamoro de aquellos que se preocupan, de los que no, de los que se estresan, de los que no viven sin apuros y tranquilos...

Y es que cada alma es bonita según quien la mire, el truco está en rodearte de gente cuya alma quieras, ames... y sobre todo vivir sabiendo, que aunque un alma a ti te puede parecer deplorable, para algún allegado pueda ser el alma con la que quiere compartir su vida. Habrá discrepancias, pero el respeto a cada alma debe ser un hecho inefable. 

miércoles, 19 de noviembre de 2014

Somos...

Somos un cabello entre millones, una hoja entre las miles que expulsan los árboles al llegar el otoño. Somos el follaje de un parque desnudo, la sonrisa de un bebé que comienza a llorar, los cantos de las ballenas cuando se estancan en una playa desierta, el árbol que se cae después de una intensa tormenta.
Somos una gota del atlántico, una golondrina en el tejado de una iglesia, una puerta que se cierra y un rascacielos pequeño en el centro de New York.

Somos tantas cosas insignificantes que no significamos más allá de nuestro propio nombre. Somos décadas en millones de siglos. Somos un silencio en el réquiem de Mozart, la hebra de un músculo que conforma las entrañas de esta humanidad llena de fango.

Somos una molécula de agua en la red que forma el cielo, una piedrecilla entre las millones que forman el asfalto, somos ríos, colores, formas, sonrisas, llantos, cantos, canciones...

Somos tanto y la vez tan poco. Las lágrimas que caerán cuando desaparezcamos están contadas, y apenas se pueden comparar con las millones que derrama la humanidad en un día.
No es tristeza, es angustia lo que siento al pensar que nunca estaré a tu lado.