viernes, 27 de octubre de 2017

Oda a la Mancha...

Hace tiempo que me enamoré de los paisajes de la Mancha, y ahora son mis mejores amigos en días de reflexión y soledad...

Esas largas llanuras de tierra casi virgen de las que por mucho que intentas, nunca encuentras el final. Esas custodiadas por solitarias villas a las que parece que los años las hacen más bellas. 

Esos inefables kilómetros de viñas que son como camaleones adaptando su color a la circunstancia que les precede: En otoño, se entristecen, y nos lo demuestran con colores amarranados y apagados totalmente cohesionadas con las almas de los que las observamos: melancólicas, con la tristeza de haber finalizado el verano;
En invierno quedan desnudas, el frío las deja indefensas como hace con nosotros, nos recluye con el único fin de buscar calor en miradas ajenas;
En primavera y verano comienzan a renacer, brotan como lo hacen nuestras sonrisas con la llegada de los primeros rayos de sol. Y además, se embellecen con unos preciosos colgajos morados y se preparan para la temporada de amor entre tantos. 

Los ríos cristalinos, que nos ayudan cuando estamos deprimidos a recordar que la vida corre y con ella los problemas; que nos refrescan las tardes de verano y que custodian nuestros más sinceros secretos al lado de los nuestros... pocas cosas ha presenciado tantas sonrisas como nuestro río Cabriel.

Los famosos molinos manchegos con los que ni siquiera D. Quijote pudo, esos que nos demuestran que también se puede caminar contra el viento aunque alguna lágrima pueda ser derramada en el camino. 

El aroma y la bonita presencia de los almendros en flor, los pequeños y esporádicos bosques donde puedes caminar hasta perderte escuchando simple y llanamente el roce del aire con las hojas de los árboles, la rosa del azafrán que cubre nuestra tierras con un gran manto violeta, las aldeas que se mantienen a lo largo de los años, solitarias y sin ningún alma que defienda las historias que un día se vivieron en sus regocijos. 

Los largos y secos caminos que son auténticos laberintos, los embalses, las vistas al horizonte... en definitiva no hay ningún antidepresivo mejor que los paisajes de la Mancha.