Fui más sincero contigo que conmigo, y ninguno de los dos
escuchamos, ahí radicó el problema que nos condujo al fango.
Te dije tantas veces lo que dolía, que acabé por balbuceártelo
mil veces más sin tan siquiera sentirlo ni pensarlo. Fui como el conductor que
realiza tanto el mismo trayecto que acaba por hacerlo sin notarlo, la única
salvedad es que yo estrellé mi historia sin darle un final como el que merecía,
aunque fuese un final.
Pasa todo el tiempo en la vida, intentamos demorar tanto el
último punto de un libro que acabamos por estropearlo y convertirlo en cenizas
que se esfuman. Y si fuese así de fácil, dejar limpiar al tiempo lo que un día
nos atormentó, pues bueno, pero la realidad es que la vida es más compleja, los
hechos no son objetos que arden y se esfuman, son energía, que cambia de forma,
pero siempre está ahí: unas veces nos impulsan y otras se convierten en los
cristales de un camino por dónde tenemos que andar descalzos. Al menos, así
entiendo yo los sentimientos, cómo algo infranqueable al tiempo y a la propia
vida.
Muchas definiciones nos dirían que aceptar todo lo anterior
es madurar, pero esto no es así, o al menos no debería, porque si lo fuese,
ninguno de los más de 7550 millones de personas que habitamos el mundo, habría
madurado nunca. Veo todos los días ancianos y ancianas que luchan no sólo
contra enfermedades, sino también contra sentimientos mal crónicos que han
conseguido atascar el final de sus vidas. ¿Podemos decir que ellos tampoco han
madurado?
Yo creo que madurar, más que aprender a vivir con algo que
ha pasado, es cambiar nuestra concepción de las cosas para intentar que algo
así no vuelva a ocurrir, es aprender a saber poner un final racional a las
cosas cuando nuestras propias circunstancias nos lo estén pidiendo en lugar de
alargar finales agónicos.
Una historia breve acabada en el momento preciso, es mucho
más compleja y satisfactoria que una larga y enrevesada.
Suerte.