sábado, 4 de mayo de 2019

Las 7550 millones de la tierra


Fui más sincero contigo que conmigo, y ninguno de los dos escuchamos, ahí radicó el problema que nos condujo al fango.
Te dije tantas veces lo que dolía, que acabé por balbuceártelo mil veces más sin tan siquiera sentirlo ni pensarlo. Fui como el conductor que realiza tanto el mismo trayecto que acaba por hacerlo sin notarlo, la única salvedad es que yo estrellé mi historia sin darle un final como el que merecía, aunque fuese un final.

Pasa todo el tiempo en la vida, intentamos demorar tanto el último punto de un libro que acabamos por estropearlo y convertirlo en cenizas que se esfuman. Y si fuese así de fácil, dejar limpiar al tiempo lo que un día nos atormentó, pues bueno, pero la realidad es que la vida es más compleja, los hechos no son objetos que arden y se esfuman, son energía, que cambia de forma, pero siempre está ahí: unas veces nos impulsan y otras se convierten en los cristales de un camino por dónde tenemos que andar descalzos. Al menos, así entiendo yo los sentimientos, cómo algo infranqueable al tiempo y a la propia vida.

Muchas definiciones nos dirían que aceptar todo lo anterior es madurar, pero esto no es así, o al menos no debería, porque si lo fuese, ninguno de los más de 7550 millones de personas que habitamos el mundo, habría madurado nunca. Veo todos los días ancianos y ancianas que luchan no sólo contra enfermedades, sino también contra sentimientos mal crónicos que han conseguido atascar el final de sus vidas. ¿Podemos decir que ellos tampoco han madurado?

Yo creo que madurar, más que aprender a vivir con algo que ha pasado, es cambiar nuestra concepción de las cosas para intentar que algo así no vuelva a ocurrir, es aprender a saber poner un final racional a las cosas cuando nuestras propias circunstancias nos lo estén pidiendo en lugar de alargar finales agónicos.

Una historia breve acabada en el momento preciso, es mucho más compleja y satisfactoria que una larga y enrevesada.

Suerte.