En una sociedad competitiva como la actual, el pensamiento mayoritario que se inculca nos lleva a considerar a la mayoría, que la única forma de conseguir ese ente trascendente es a través de la obtención del éxito en nuestra vida laboral, que por otro lado es la que ocupa la mayor parte de nuestro tiempo.
Pudiese parecer así que muy pocos dejan esa huella en este mundo, porque son pocos los que obtienen algo parecido al éxito en su campo, sólo aquellos con capacidades óptimas y que están en el sitio y el momento adecuado para rozar el cielo de una materia con la yema de los dedos. Aunque la gran mayoría somos el resto, los que tenemos que convivir con capacidades que no son suficientes y circunstancias que se nos presentan independientemente de lo que pretendamos conseguir: ¿Debemos morir entonces con la angustia de lo que no conseguimos?
La contestación a esa pregunta fue el mejor legado que me dejó mi madre hace unos meses cuándo se apagó, sus últimos días, la sonrisa con la que sus latidos cesaron, la que ahora veo que no se apagará a pesar del paso del tiempo gracias a lo que sus pequeños actos dejaron en una infinidad de gente que la rodeaba, su tranquilidad al abandonar su existencia sabiendo que había conseguido un ente trascendente alejado del que la sociedad pretendía pero más duradero que este en el tiempo a base de las pequeñas cosas que fue construyendo en el completo de su vida, personal y laboral.
Es cierto, al final de su vida mamá tuvo mala suerte, una enfermedad llegó pronto y se la llevó, pero vivió siendo de los pocos seres humanos privilegiados que sabía que la trascendencia humana no se conseguía de la mano del éxito, sino de la propia vida, viviéndola con naturalidad y con la pasión de poder disfrutar de ella misma, de sus capacidades, de sus circunstancias, de lo que le había tocado vivir, dejando huellas hasta en su propio lecho de muerte, huellas como la respuesta a esta gran pregunta que pasará de generaciones en generaciones con su propia firma y luz.
En su último adiós cientos de personas la acompañaron, un océano de lágrimas por su partida inundaron este mundo, algunas todavía no se borran de nuestros rostros, pero también la acompañó una orquesta de aplausos que firmaban su personal éxito en su efímera existencia.
A mi sólo me queda dar las gracias, a todos los que la conocieron directa e indirectamente, no sólo fue su esencia, también vosotros y vosotras la hicisteis trascendente, le arrancasteis una sonrisa a su luz hasta su última mota de conciencia y la estáis haciendo eterna. Y por supuesto a ella, Mamá: gracias por dejarme la lección que me permitirá ser feliz a pesar del dolor que me ha impuesto la vida, a pesar de mis circunstancias, morir con tu sonrisa y vivir cada segundo como tú hacías será como el tuyo, mi propio éxito.
Tu luz siempre será el faro que guíe mi vida y una de las razones por lo que intentaré morir sonriendo.
Te quiero.