lunes, 29 de mayo de 2017

Una estrella opaca, un rey sin sabana...

Brillas, y no sólo por tu ausencia, también por ese esbozo de sonrisas que camuflan el olor real de tus entrañas: Un aroma gris, pútrido, de un día donde todo no fue color, sino más bien lágrimas fusionadas con tu extraña y escasa existencia.

Siempre me fascinó tu poder de convertir tus propios barros en mejunjes exóticos para los que estábamos a tu alrededor, quisiste superar hasta al mismísimo rey camaleón sin tan siquiera dejar rastro, ni una sola mota de polvo para los que realmente sabíamos lo que había debajo de esa piel tan tersa.

Nadie me hizo dudar nunca que eras la perfecta definición de  “ser humano”, porque no sólo pensabas en el resto antes que en ti, sino que tan sólo pensabas en el resto, hasta el punto que cada sentimiento que salvaguardaste en tus pintorescos recovecos  jarraron una tras otra todas las fibras que componían tu miocardio.

Admiré tu vida, día tras día, siempre fue una perfecta composición en tonalidad menor trasportada con sudor y lágrimas a una tonalidad mayor, alegre y perfecta para que todos disfrutásemos contigo pero a la vez sin tu verdadero “yo”.

Pero no te equivoques, no es reproche, es un sonoro aplauso, hiciste que mis mismísimas entrañas aprendieran a ascender con tus notas de clamor, hasta tal altitud, que pudiste cambiarlas, de dentro a fuera y de fuera adentro: Las convertiste en paz, en lucha, en rabia ante la injusticia, en seguridad, en autoestima… En definitiva, moldeaste a la perfección el hombre que ahora soy, y me acercaste, un poco más, al fin con el que nació mi alma, la felicidad.


Y no te negaré que hay días que la rozo, que creo que la toco, pero tan sólo esos días en que la presencia de tu inefable sonrisa consigue erizarme el vello lo suficiente para alcanzarla. 

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