Brillas,
y no sólo por tu ausencia, también por ese esbozo de sonrisas que camuflan el
olor real de tus entrañas: Un aroma gris, pútrido, de un día donde todo no fue
color, sino más bien lágrimas fusionadas con tu extraña y escasa existencia.
Siempre
me fascinó tu poder de convertir tus propios barros en mejunjes exóticos para
los que estábamos a tu alrededor, quisiste superar hasta al mismísimo rey
camaleón sin tan siquiera dejar rastro, ni una sola mota de polvo para los que
realmente sabíamos lo que había debajo de esa piel tan tersa.
Nadie me hizo dudar nunca que eras la perfecta definición de
“ser humano”, porque no sólo pensabas en el resto antes que en ti, sino
que tan sólo pensabas en el resto, hasta el punto que cada sentimiento que
salvaguardaste en tus pintorescos recovecos
jarraron una tras otra todas las fibras que componían tu miocardio.
Admiré
tu vida, día tras día, siempre fue una perfecta composición en tonalidad menor
trasportada con sudor y lágrimas a una tonalidad mayor, alegre y perfecta para
que todos disfrutásemos contigo pero a la vez sin tu verdadero “yo”.
Pero no
te equivoques, no es reproche, es un sonoro aplauso, hiciste que mis mismísimas
entrañas aprendieran a ascender con tus notas de clamor, hasta tal altitud, que
pudiste cambiarlas, de dentro a fuera y de fuera adentro: Las convertiste en
paz, en lucha, en rabia ante la injusticia, en seguridad, en autoestima… En
definitiva, moldeaste a la perfección el hombre que ahora soy, y me acercaste,
un poco más, al fin con el que nació mi alma, la felicidad.
Y no te
negaré que hay días que la rozo, que creo que la toco, pero tan sólo esos días en que la
presencia de tu inefable sonrisa consigue erizarme el vello lo suficiente para
alcanzarla.