lunes, 3 de febrero de 2014

Alejando flores marchitas de mi jardín en potencia

Tal vez me cueste reconocer, por el brillante azul cielo de sus ojos, que nunca me amó. A pesar de sus dulces labios sabor a miel y de las delicadas y bonitas palabras que por ellos pronunciaba, todo fue una mentira. 

Una preciosa mentira la vida me ofreció para valor sin alas y para soñar sin la necesidad de cerrar los ojos.

A pesar de que lo anterior ya es motivo suficiente para estar loco por sus huesos, no es sólo eso lo que forma su estela de cualidades que me hicieron enamorarme y cuyo punto fuerte es el aroma de sus apalabras que conseguía llevarme a lugar afrodisíacos donde ambos corríamos desnudos  sobre la fina arena de una cala virgen y donde el sol que reflejaba en nuestros cuerpos no era más que los rayos de amor que uno lanzaba al otro. 

Fue este amor efímero como un brote que seca en apenas días, y no por no haber sido regado como merecía, sino porque otro mal brote absorbió todas las sales que le hacían falta al primero para poder seguir creciendo.

Mi problema es que he mantenido ese brote marchito durante demasiado tiempo cerca de las otras plantas de mi jardín, y su tristeza se ha contagiado al resto que han marchitado. Pero ya está, estoy intentando alejar de mi marchito jardín ese maldito brote, del que es difícil separarse porque sigue con su encanto incluso después de muerto, pero que sin embargo ha provocado la destrucción de todas mis flores. 

Cuando consiga alejarlo, las flores aparecerán de nuevo. Lo bueno es que para eso ya falta poco, porque nuevos brotes están saliendo en mi jardín de la alegría... porque sí, he estado enamorado demasiado tiempo de quien no me pertenecía. 

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