La brisa rozaba mi rostro mientras el césped verde y húmedo enfriaba mi espalda cada vez más. La hierba tenía un tamaño considerable, y seguramente no hubiese sido cortada hacía unos años. Había unos oxidados columpios en el centro, donde los escasos niños de la zona jugueteaban al venir del colegio.
El ruido que generaba la ida y venida de otro chisme del parque tan solo funcionaba como un remedio para mi rutinario cansancio.
Ese dichoso lugar fue durante aquel escaso tiempo mi paraíso artificial, que daba mil y una vueltas al paraíso que describe la biblia.
Cuando llegué a España, quise volver, sentarme otra vez en aquel sitio para pensar, tumbarme durante algunos minutos todos los días para que mis problemas se fundiesen en lágrimas... quería volver, volver a ver a esos encantadores niños pasar su infancia en aquella morada de grandeza natural, quería volver a sentir ese frío del césped que curaba mi dolor de espalda, quería volver a sentir ese olor a hierba húmeda que era el mejor aroma que había probado nunca, añoraba cada momento y segundo pasado en aquella pradera que generó una paz en mí que perdura hasta nuestros días.
Ahora, cada momento de decepción, de agobio o de penas, me siento en la cama, me pongo un poquito de música ambiental, y trato de trasladarme aquel lugar, insólito y lleno de esperanzas y sonrisas. Raro día lo consigo, pero aunque no igualo nunca esa sensación, sólo rozar con la punta de mis sueños ese lugar me hace sentir vivo.
Gracias, porque las gracias, no sólo se dan a personas, también a situaciones, libros, canciones o simplemente a ti mismo.
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