domingo, 27 de marzo de 2016

Efímero y sempiterno.

Fue efímero y a la vez sempiterno. Ni siquiera aguardamos lo que el humo de un cigarrillo en el ambiente, fuimos más bien como el vapor que emana de un rostro una fría mañana de Diciembre, abundante a la vez que escaso. 
Fue un cúmulo de sentimientos que jarraban nuestras almas simultáneamente pero que se desvanecieron como una flor de Hibisco*. 

Intenso, fugaz y sensible, como aquel tardío roce de labios que dejó un relieve en lo más hondo de nuestras vísceras. No más que una reyerta entre dos granos de fina arena procedente del Sahara, pero que dentro, desencadenó una tormenta que azotó el blanco polar con una mezcla de barro fino. 

Tu fuego no consiguió deshacer mi hielo, no me destruiste, me cobijaste, contigo pude pasear en la Sabana sin tocar ni una molécula de mi, sólo volando sobre aquel mar azul de incertidumbre y de algazara, porque me diste un sueño, volar, y después nunca quisiste deshacerte de mis alas. 

Nunca quise que fueses la golondrina que me enseñase a volar para después partir, quise un vuelo continuado a tu lado, una fusión de sacos aéreos en aquel mar de nubes y polvo, pero así fue, así quiso que fuese nuestro propio destino, y no nos queda más que bailar, aunque sea por separado. 

Baila, siempre baila, baila y vuela mientras bogas por el río de la vida, tu navío nunca roza la misma agua dos veces.

Pero sempiterno, y no en un paraíso artificial, sino en el estómago de algún gusano que engulla nuestras últimas ganas de vivir, nuestros últimos esbozos, tal vez ahí esto acabe como debía. 


*La flor de Hibisco es una flor de color rojo intenso, que sólo dura un día al año. 

2 comentarios: